martes, 5 de agosto de 2014
sábado, 12 de julio de 2014
El último vagón
Por evitar cortar la cuerda que sujetaba el ancla anudé, sin darme cuenta, mi propia brida al último vagón de un tren. Me acostumbré sin quererlo a estar yéndome siempre. A tener tan solo unos segundos para conocer lo que me rodeaba y ver que se hacía siempre más pequeño. En el último vagón todo se aleja, y cuando a penas has tenido tiempo de amar, aquello ya forma parte del horizonte, condenado a desaparecer.
Al estar constantemente in partenza, me fui desprendiendo a trocitos. Me dejé en las copas de los árboles más altos, pues eran las últimas en desvanecer; en las aves que volaban a gran altura; en las flores que crecían a los flancos de mi vía cuando no serpenteaba; en cada horizonte que se extinguió para dar su paso a otro. Me dejé en todo aquello que amé.
Pues partir, antes que marcharse o caminar, es dejar una mitad.
Era por todo esto, quizás sin saberlo, que evitaba cortar la cuerda del ancla de mi barco. ¿Dónde íbamos a navegar? ¿Acaso cabe un océano en un simple vagón de tren?
Y lo supe en las noches juntos sobre los techos de la ciudad: aquel cielo oscuro, único cómplice de nuestro deambular, jamás desaparecería con el horizonte. Podía levar el ancla e izar las velas, el agua siempre reflejaría las mismas estrellas sin tener que despedir ni una sola de sus constelaciones.
Desde entonces continúo en el último vagón. Aún me estoy yendo, pero ahora tan solo tengo que esperar al ocaso para alzar la vista al cielo y tener la certeza de que estamos navegando.
martes, 15 de abril de 2014
La Victoria de Zarauz
Al mismo pirata que en la noche
asaltaba mi barco.
Llueve
y el sol no puede alcanzar
el agua
del mar que está irritado
porque ya no lo miras
a los ojos.
Mírame,
estoy aquí
apoyada en el mástil
de tu barco.
Tengo las alas mojadas
de la tempestad.
Soy una gaviota
que quiere quedarse en tu nave
sin llegar a ser tripulación.
Quiero -y solo puedo-
ser testigo
espejo y
reflejo
de tu pulso.
Y gritarte desde el mástil
de tu vela
Quédate,
puedo ver dónde acaban las nubes.
Quédate,
no desembarques
a tu nao le crecen las alas.
Quédate,
yo me quiero quedar
a girar el mundo
contigo
yo me quedo.
viernes, 17 de enero de 2014
No me cales todavía
Hoy he salido de casa
y me he dicho: no mires arriba. Has
llegado al fin, nimbo. Nimbo, te sabía tan lejos y ahora estás tan cerca… No sé
si salir a correr antes de que te precipites, rendirme en mitad de una plaza a fundirme con
los charcos o esconderme bajo un techo absurdo que no me protegería de saberte.
Nimbo, has venido a quedarte, ¿verdad? A traerme el sabor de las antípodas, a levantarme
las ciudades dormidas, a confundir de estación mis golondrinas. Cuéntame cómo
has hecho para despertar al insomne, cómo has resucitado al vivo, Nimbo, ¿cómo
me has recordado lo que jamás se me olvidó?
Si de veras has venido a mojarme, Nimbo, dime, ¿me sumergirás hasta el mar? Hasta que logre respirar en el agua como un
pez. Dime, ¿veremos las criaturas de la oscuridad? Los continentes perdidos, los
animales sin nombre, la tierra más profunda, la verdad.
Nimbo, espera. Aún no tengo el barco listo, no puedo zarpar contigo. Me
falta la tripulación.
martes, 14 de enero de 2014
Yo, Ana
Si alguna vez
lo inmanente
dejara de serlo
y en una de mis carreras
se me extraviase
el miedo,
¿qué sentido tendría
continuar?
Mi miedo es mío.
Inherente.
Aguijón.
No es más que
la conciencia de que
existe el lugar equivocado,
la certeza de
poderme tropezar.
No merece la pena
un vuelo
sin vértigo.
Mi miedo es mío.
Inherente
Aguijón.
El hambre
la sed
las ganas
el despertador.
Este es mi miedo,
el despertador.
Este es mi miedo,
mío
y de nadie más.
miércoles, 11 de diciembre de 2013
Agosto del 79
Hemos entrado en erupción. Y a pesar de que el miedo no llega nunca a ser pánico, aquí estoy, ferma, en el regazo del Vesubio. No temo al fuego: calienta pero no me abrasa. Es que aún recela el corazón de contagiarse de las llamas.
Pero podría ser partícipe de la explosión. Podría fundirme con su magma y jugar a ser un río entretenido que no llega jamás al mar. Elevarme al fin al reino de las aves, alterar el azul del cielo, volar como nube negra y ser todas las figuras que imaginé siendo espectadora tumbada en la hierba. Podría ser dueña de mis formas y al cansarme de las alturas precipitarme en mil partículas de ceniza. Quedar suspendida como mota a merced del viento, esparcirme por el mundo y vivir en millones de sitios al mismo tiempo.
¿Pero y después? ¿Querría ser roca cuando todo se enfriase? ¿Quién vendría entonces a derretirme, a brindarme el milagro del movimiento?
¿Te quedarías para siempre conmigo, a la espera de la otra vida?
domingo, 27 de octubre de 2013
La noche es un lugar virgen de
convención. Ocho horas ininterrumpidas de libertad. Tiempo sin esterilizar que
aún sobrevive al riesgo de ser desbaratado. Es el pasar desnudo de la vida, la
cara silvestre de los días.
La noche es la selva en la que habitan los sueños. Deseos reprimidos, secretos inconfesables, pensamientos bochornosos. El hombre sin máscara ni presunción. La muerte de la fatuidad.
La noche es la selva en la que habitan los sueños. Deseos reprimidos, secretos inconfesables, pensamientos bochornosos. El hombre sin máscara ni presunción. La muerte de la fatuidad.
La noche es un escenario
construido de silencio cuyos artistas son los sonidos que ahogamos por el día. Una
orquesta de goteos de grifo, pisadas de gato y cantos de grillo. Un desfile de
pijamas, la caída de los estratos. Porque en la noche ronca el príncipe y ronca
el mendigo.
La noche es el terreno ideal para inventar las reglas que infringimos con una pena diseñada a medida. Porque en la noche todos los trajes quedan bien, no porque sean perfectos: porque nadie nos ve.
Es por todo esto que me retiro a la noche. Porque no hacen falta licencias ni títulos para ser bailarina profesional de pasodoble.
La noche es el terreno ideal para inventar las reglas que infringimos con una pena diseñada a medida. Porque en la noche todos los trajes quedan bien, no porque sean perfectos: porque nadie nos ve.
Es por todo esto que me retiro a la noche. Porque no hacen falta licencias ni títulos para ser bailarina profesional de pasodoble.
sábado, 5 de octubre de 2013
Coger un tren con los ojos cerrados
He puesto los cimientos de esta casa en el tejado. El resultado desafía las leyes de la lógica: los pilares se construyen de manera absurda, pues ¿qué sentido tiene crecer si el punto de partida es el lugar más alto al que se puede llegar?
Me he subido a lomos de un caballo que aún está por domar, con el cual deambulo por la ciudad todavía sin poder prestarle demasiada atención a las calles. Para edificarme he escogido, como material, el légamo del Nilo: hace ya mucho que me rendí al viento. Como esbozo llevo los recuerdos, un par de canciones y una testiera. Para evitar el extravío porto una brújula que señala al sur, aunque sentirme perdida es también parte del juego. En la puerta de un ángel están los espejos donde me miro y reconozco: son de carne y hueso. Y en el aleteo de aquella mariposa, en la raíz última de los momentos en los que me detengo un instante a concebir el cómo, el cuándo, el por qué, en esa especie de gioia que despide ahora mi tiempo, encuentro una deuda que no sabré jamás pagar. Rex. Y aquí, en cada rincón anécdotas que jamás sucedieron, pero las había imaginado tanto... que existieron.
viernes, 30 de agosto de 2013
Amar y ser amado
Que el destierro de uno mismo
sea el hogar de un exiliado.
Que los ojos que buscan
su reflejo en otros ojos
no den dolor de cuello.
Vivir como monarca
y campesino a un tiempo.
No todo el mundo sabe hacerlo.
sea el hogar de un exiliado.
Que los ojos que buscan
su reflejo en otros ojos
no den dolor de cuello.
Vivir como monarca
y campesino a un tiempo.
No todo el mundo sabe hacerlo.
lunes, 3 de junio de 2013
martes, 7 de mayo de 2013
sábado, 4 de mayo de 2013
Meteoro
Estar contigo
es trazar líneas en un mapa
que originan efemérides.
Hacer del tiempo un planisferio
atestado de isobaras
que segmentan los momentos
en ínfimos instantes.
Y están tan juntas
y son tantas
que sopla fuerte el viento
revolviendo mis principios,
tambaleando los cimientos
de mi adarve de papel.
martes, 2 de abril de 2013
De un tac un bis
Me daba la sensación de que me quitaban la vida por ese agujero en el techo, esa chimenea sin llamas con una puerta que da al cielo. Una absurda puerta. ¿Es que a caso puede tener el humo la opción de no escapar del fuego? O lo que es más importante, ¿puede no querer hacerlo?
Y por si no fuera suficiente, el tac-tac-tac de la lluvia disipando cualquier posible duda que pudiese yo tener de su presencia. ¿Habrá cesado ya? Y un tac-tac-tac arrebatando a mi pregunta su carácter de retórica; espantando un tímido, lejano, remoto acercamiento de Apolo al lecho, que cada mañana se manifestaba en ausencia. Y en mi sueño el castigo de la certeza a golpe de tambor en el cristal: tac-tac-tac.
Llueve. Llueve y mi techo se desangra, y yo con él sin saberlo. Llueve y el cielo parece haber sustituido la luz celestial del día por un fuego infernal en las noches. Y es este pozo pues, una chimenea del revés: la combustión está afuera.
Y yo, como una bruja con sus recetas, busqué un amnésico nocturno: hallar en la música una canción capaz de camuflar el tac-tac-tac del tambor. Y soñar con cuatro violines, un violonchelo e anche un piano de cola. Pero nada de tambores. Que no es agua, que es música calada.
Que no es agua.
Y como quien se corta el pelo para empezar de nuevo, remé con mi música a otra parte: unos metros más al este de la stanza.
Ahora por fin lo he comprendido. Esa puerta absurda estaba para que yo, por miedo a que algo pudiese ocurrirme, la tuviese siempre cerrada, con llave. La trampa es que me hallaba dentro y no fuera de ella.
Yo, custodia de mi yugo, alcaide de mi jaula.
jueves, 28 de marzo de 2013
domingo, 24 de marzo de 2013
jueves, 28 de febrero de 2013
domingo, 24 de febrero de 2013
Después del último
Cuando no queda más
que el último trago
estás tú
-pequeño
minúsculo
insignificante-
en el fondo del vaso.
viernes, 15 de febrero de 2013
Qué pasará mañana
Verte
saltar me ha recordado que yo también lo hacía. Mañana siempre saltaba.
¿No
te da la sensación de que esta casa da la espalda al mundo? Como si estuviera
castigada, de cara a la pared. Pero aunque tenga que rodearla para volver al
planeta en el que vivo, prefiero pensar que casi tiene vistas al mar. Si no
fuese por el edificio de enfrente, ese que parece haber echado a las botas de
casa y ahora pasan frío en la ventana. Y por unos cuantos kilómetros. Unos cuatrocientos
ochenta, aproximadamente. Ochenta es una buena edad para morir. Ochenta es el
número que uso para convertir en gigantes las cosas. Dicen que los andaluces
tenemos ese afán, que vivimos en casas blancas y que por guantes usamos
castañuelas. Es mentira. Si usase guantes, aunque fuesen hechos de
madera, ahora no tendría las manos cortadas. Cortadas como cuando Luis se frota
las manos encogido de hombros o Mar se rasca la nuca sin que le pique. A penas
me acuerdo de aquello. Pero hoy te dejaste el olor por aquí; ese de color azul
con mezcla de cigarrillos. Por qué tiene que estar tan repetido. ¿Lo esparciste
como esporas hasta por aquellos lugares en los que nunca estuviste? Es molesto
a veces. No, siempre es molesto. Porque entonces frena en seco la vida y yo
salgo despedida del instante sin quererlo. ¿Y arreglarás tú eso? Porque tú
nunca tiras nada cuando se rompe. Yo tampoco si tengo una aguja, hilo y algo de
pena. Pero toda pena tiene remedio, excepto la de muerte. Ochenta es una buena
edad para morir.
¿Qué?
¿Que con quién hablo? ¿Es que estaba
escuchando? Esto es vergonzoso… y usted un desvergonzado. Yo jamás entro en la
cocina cuando la abuela se susurra a sí misma. Y si no hay más remedio piso más
fuerte, haciendo ruido al andar. No, no es que ahora vaya descalza. Hace mucho
que no se me oye porque hace meses que no me levanto.
Pero
me he comprado unas botas nuevas. Y suenan.
Esto se ha terminado.
Esto se ha terminado.
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