Que alguien me despierte
de esta pesadilla.
Cuántas cosas caben
en un cerrar y abrir de ojos:
La confianza que uno deja
al ponerse en manos de otro.
El desasosiego de quien espera fuera
para el que sí pasa el tiempo.
El miedo de encontrar en el espejo
al regresar
alguien distinto a la última vez.
No saber cuánto dura la elipsis
que te relaten qué pasó en ella.
Fue como si me hubiera mandado a mí misma
en un cohete espacial a la Luna,
sin posibilidad de comunicación
y tuviese que esperar a ciegas mi propio regreso
confiando en que todos los extraterrestres
me indicaran el camino correcto.
Qué extraña sensación
la de ponerse en manos de un extraterrestre
y adivinar las constantes vitales de uno
a partir de la expresión de otro.
Sentirse vulnerable
aunque uno no lo sea.
Imagino
que es así como se siente
al otro lado de un poema.
Todas las veces que leí algo
y me pregunté
¿dónde estará Ella?
la respuesta era:
ya sólo está en los versos.
Si es todo el universo,
en qué universo estoy
qué universo es.
Lo cierto es que
la casualidad
nos libera del peso de elegir
de la responsabilidad de buscar
pero no
de la alegría de encontrar.
.
Hace unos meses volvía a casa en coche con una amiga, veníamos de celebrar mi 30 cumpleaños y a ella de repente se le ocurrió ponerla. La canté, la cantamos, la grité. Y le abrí de un tirón la puerta del cuarto a aquella adolescente para decirle que ahora sí, ahora podía decir "nuestra canción".
Tengo 30 años, sigo sin ponerme tacones, las noches no arden siempre pero conozco a mucho/as más de quince, y son maravilloso/as. Excesos los justos, ganas de correr: infinitas. Tengo más de cien cicatrices: algunas porque creí en algo que luego no fue, otras por las cosas que podían haber sido en las que nunca creí. Tuve mil historias que volvería a vivir mil y una vez. Soy el verbo en carne viva, pero sólo para quien sabe leer. Por eso ya nadie me maltrata ni juega con mi piel. Y a día de hoy sólo quiero ser "la mujer elegida" en el reflejo de unos ojos.
Y como las cosas al final resultan ser como uno las quiere ver, lo reconozco, sí:
Esta vez tengo que decirte
que tus matemáticas fallan.
He hecho las cuentas
y uno + uno
resulta un niño que corre en la playa
haciendo bailar su cometa
a merced del viento.
Resulta un universo
donde las estrellas no mueren
porque siempre hay quien las cuente.
Resulta una golondrina
que revolotea nerviosa
en el atardecer de agosto.
Resulta la vigilia impaciente
de los días que ya se viven
antes del amanecer.
Resulta una vida
que no acaba en la noche
porque siempre hay quien la sueñe.
Resulta que el agua
del pez que la ignora
sea la Libertad.
Amarte se llama Libertad.
Libertad de saber que mi mundo
por fin se multiplica
en lugar de dividirse.
Tú + yo sí que resulta infinito,
y esta vez
me alegro de que no me salgan las cuentas.
El número que nos separa
no mide más que un gato
no pesa más que una golondrina.
El número que nos separa
es más delgado que un 1
es más hueco que un 0.
El número que nos separa
no habla nuestro idioma
no sabe nuestro secreto.
El número que nos separa
es un semáforo en rojo
son los límites de velocidad.
El número que nos separa
desaparece al cerrar los ojos
y se hace visible al abrirlos.
El número que nos separa
es la medianoche de Cenicienta
el extravío del zapato de cristal.
El número que nos separa
puede cambiar la forma
pero no el contenido.
El número que nos separa
es una vieja cascarrabias
que no deja jugar a los niños.
El número que nos separa
no sabe colarse en los sueños
no frena el paso de los días.
El número que nos separa
en realidad
nunca nos ha separado.